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jueves, 21 de julio de 2016

Página cinco

Estaba allí sentado tomando un café, él nunca pedía café, pero esa mañana había decidido que tenía que introducir algunos cambios en su vida y había empezado por el café. Sentado en la vieja cafetería ojeaba con desgana el periódico que había en la barra, hasta que encontró algo que le hizo detenerse, la página cinco. Una noticia que no podía creer. No la leía, devoraba las palabras, mientras rememoraba esos días hoy ya lejanos. Él había formado parte de aquello, él había estado en Perisur y hoy estaba allí tomando un café. Miró el reloj y se dio cuenta de que perdía el tren, pero aún así no movió un musculo, siguió allí sentado leyendo la página cinco del periódico una y otra vez, mientras su mente volaba lejos de aquella barra de metal y volvió a mirar el reloj, esta vez apuró el café, dejó unas monedas en la barra y salió a la calle. La noticia de la página cinco del periódico había hecho estragos en su cerebro, había pasado mucho tiempo desde que su vida había vuelto a la cotidianidad, una normalidad con la que había soñado tantas noches en las que no podía dormir y que ahora de un plumazo, había barrido la página cinco del periódico. Entró en otra cafetería y volvió a pedir café, iban dos aquella mañana que prácticamente no había empezado, se lo sirvieron en un vaso para llevar, cogió el periódico y se dirigió al tren. Una vez sentado en su asiento de cada mañana, pero en un tren distinto se dejó llevar. En su cabeza empezaron a sonar de nuevo los últimos acordes y las miles de gargantas repitiendo una letra que había salido de sus entrañas, fue en ese instante cuando volvió a ser consciente de todo, tiró el café y salió corriendo, pero el tren ya había arrancado.

lunes, 30 de abril de 2012

Una de Piratas

Cuando descubrieron que aquella isla no estaba en las cartas de navegación no podían hacer otra cosa que dirigirse a ella y explorarla, el capitán dio las órdenes oportunas y la nave fue virando su curso hasta enfrentarse al islote; el viento azotó la bandera negra de las dos tibias y la calavera y guió al barco hasta el mismo borde de aquel pequeño trozo de tierra en medio del océano. Se designó a siete hombres que se dividirían al llegar a la playa, entre ellos iba el pequeño O’Flaherty, un muchacho muy vivaz que siempre se presentaba voluntario y que francamente necesitaba pisar tierra firme. A nuestro amigo le tocó dirigirse al norte teniendo que atravesar lo más espeso de aquella infernal selva tropical, pero cuando peor lo estaba pasando algo le hizo tropezar, se volvió y descubrió que se trataba del borde de un cofre mal enterrado. Después de un rato de trabajo consiguió desenterrar el baúl y abrirlo, el espectáculo era increíble, no hay visto nunca nada tan hermoso, tan imponente, tan admirable… le faltaron los adjetivos para poder describirlo, todos se le quedaban cortos. Pero al tratar de moverlo se dio cuenta de que era absolutamente imposible que una sola persona pudiera trasladarlo ni un centímetro. Entonces empezó a pensar que podía hacer, sabía de sobra que si se iba en busca de ayuda nunca volvería a encontrar el lugar, así que decidió hacer un fuego para que sus compañeros vieran el humo y acudieran a ayudarle. Pasaban las horas y él se entretuvo pensando en qué pasaría con el botín; pensó que podía cambiarle la vida y tener dinero suficiente para disfrutar el resto de su vida en esa granja con la que siempre soñó en su lejana Irlanda, también pensó que a lo mejor por ser el grumetillo apenas le corresponderían unas míseras monedas. Pero pasara lo que pasara sería cuando el cofre estuviera en el barco y él pensó que aunque solo fuera por admirar esa belleza dorada merecía la pena permanecer junto al cofre lloviera o hiciera sol y procurar no separarse lo más mínimo, hasta poder llevarlo al barco y después ya se vería lo que le depararía la vida y así lo hizo, abrazado al cofre lo encontraron sus compañeros.

jueves, 5 de abril de 2012

El pasillo del metro

No la había vuelto a ver desde aquel día que la echó de su cuarto en la residencia de estudiantes; ella quería decirle tantas cosas ... pero él no quería escucharlas, desde aquella fría noche de invierno no había vuelto a verla y hoy, justo hoy, se la había cruzado en esos pasillos interminables del metro. Ella no debía de haberle reconocido su antiguo flequillo ya no era tal y su incipiente barriguilla lo camuflaban perfectamente; sin embargo ella, ella ... seguía igual.

Cuando llegó a casa jugó un rato con los niños, los bañó y acostó como hacía todos los días, sin que aparentemente nada hiciera pensar que era un día diferente. Como todos los días tras acostarlos se sentó a cenar com su mujer y como cada noche cenaron en silencio, sin intercambiar una solo palabra y en silencio se fueron a la cama solo que aquella noche en su cabeza había un ruido estruendoso, de idas y venidas de vidas vividas y otras imaginarias, de comparaciones odiosas, de reproches silenciosos, de amores que se habían ido, de otros que vivían en el cuarto de al lado, de ...

A la mañana siguiente sin apenas dormir cinco minutos; se fue al trabajo, después de besar a los niños y hacer un gesto de despedida a su mujer. Con la vorágine del trabajo no pensó en otra cosa que resolver todos los papeles que tenía encima de la mesa, pero cuando apagó el ordenador volvió a acordarse de ella y pensó, tal vez incluso deseó volver a encontrarsela; pero en el metro solo se encontró con las mismas caras anónimas de todas las tardes, sin embargo llegó a su casa con los mismos pensamientos que la tarde anterior.

Al día siguiente volvió a pasarle lo mismo y al siguiente del siguiente y ... pero nunca más volvió a cruzarse con ella; nunca se planteó indagar o buscarla, solo esperaba que el destino volviera a cruzarla en su camino, pero el destino tan caprichoso como siempre no lo hizo. Aunque lo hubiera hecho ¿qué habría hecho él? nada, simplemente hubiera agachado la cabeza y apretado el paso como aquella tarde y ¿hubiera sido por no enfrentarse a una conversación de la juventud? o ¿por no enfrentarse a su vida?

viernes, 2 de marzo de 2012

La princesa y el muro

El otro día escuche un cuento de Jorge Bucay, al que admiro y sigo desde que leí su libro de cuentos para pensar, y como no podía ser de otra manera este también me encantó, habla del final del amor y te dice que cuando estás en una relación, y te das cuenta de que pudiendo evitarte una mínima parte de sufrimiento, el otro no lo hace, es porque todo se ha terminado; y dice así.

Había una vez una princesa, que quería encontrar un esposo digno de ella, que la amase verdaderamente. Para lo cual puso una condición: elegiría marido entre todos los que fueran capaces de estar 365 días al lado del muro del palacio donde ella vivía, sin separarse ni un solo día. Se presentaron centenares, miles de pretendientes a la corona real. Pero claro al primer frío la mitad se fue, cuando empezaron los calores se fue la mitad de la otra mitad, cuando empezaron a gastarse los cojines y se terminó la comida, la mitad de la mitad de la mitad, también se fue.

Habían empezado el primero de enero, cuando entró diciembre y empezaron de nuevo los fríos, solamente quedó un joven. Todos los demás se habían ido, cansados, aburridos, pensando que ningún amor valía tanto esfuerzo. Solamente este joven que había adorado a la princesa desde siempre, estaba allí, anclado en esa pared y a ese muro, esperando pacientemente que pasaran los 365 días.

La princesa que había despreciado a todos, cuando vio que este muchacho se quedaba empezó a mirarlo, pensando, que quizás ese hombre la quisiera de verdad. Lo había espiado en Octubre, había pasado frente a él en Noviembre, y en Diciembre, disfrazada de campesina le había dejado un poco de agua y un poco de comida, le había visto los ojos y se había dado cuenta de su mirada sincera. Entonces le había dicho al rey:
- Padre creo que finalmente vas a tener un casamiento, y que por fin vas a tener nietos, este es el hombre que de verdad me quiere.

El rey se había puesto contento y comenzó a prepararlo todo. La ceremonia, el banquete e incluso, le hizo saber al joven, a través de la guardia, que el primero de Enero, cuando se cumplieran los 365 días, lo esperaba en el palacio porque quería hablar con él.

Todo estaba preparado, el pueblo estaba contento, todo el mundo esperaba ansiosamente el primero de Enero. Pero el 31 de Diciembre, el día después de haber pasado los 365 díasy las 364 noches allí; el joven se levantó del muro y se marchó. Fue a su casa a ver a su madre, y ésta le dijo:
- Hijo querías tanto a la princesa, estuviste allí 364 noches y 365 días y en último día te fuiste. ¿Qué pasó?, ¿No pudiste aguantar un día más?

Y el hijo contestó:
- ¿Sabes madre? Me enteré que me había visto, me enteré que me había elegido, me enteré que le había dicho a su padre que se iba a casar conmigo y, a pesar de eso, no fue capaz de evitarme una sola noche de dolor, pudiendo hacerlo, no me evitó una sola noche de sufrimiento. Alguien que no es capaz de evitarte una noche de sufrimiento no merece de mi, amor, ¿verdad madre?

martes, 27 de diciembre de 2011

Los Tomates

En las lejanas tierras del sur había un labriego que solo tenía su huerto de tomates; a pesar de su sencillez, o precisamente por ella, era muy querido en toda la comarca. Este cariño y respeto, como pasa siempre, genera sentimientos encontrados en aquellas personas con el corazón negro que al no estar contentas consigo mismas, buscan en los demás la culpa de todos sus males y especialmente en aquellos a los que ven felices, ya que piensan que es injusto lo mal repartida que está la felicidad y no se dan cuenta de que la felicidad no es algo que te toca si no algo que debes cuidar y cultivar día a día.

Ocurrió que una noche mientras el labriego dormía en su humilde jergón, unos enemigos entraron en su huerto de tomates y lo cubrieron todo de sal, buscando que la tierra se quedará yerma, pues su objetivo era generar tristeza en nuestro protagonista. Cuando a la mañana siguiente se levantó y fue a realizar sus tareas como casa día,encontró una capa blanca en todo su huerto; y lo que hizo fue ponerse a trabajar duro para recuperar su plantación.

Sus amigos le dijeron que fuera en busca de sus enemigos y les diera una lección, incluso en el pueblo se organizaron partidas para defender a alguien tan querido; pero el siempre respondía lo mismo: "ahora mismo no va a poder ser porque tengo mucho trabajo" y cuando por la tarde alternaba con sus convecinos en el bar del pueblo, les convencía de que no podía perder el tiempo en venganzas que debía dedicar todos sus esfuerzos en recuperar su huerto que al fin y al cabo era su único sustento.

Después de muchos meses de trabajo las matas por fin dieron fruto y resultaron unos frutos de color oscuro y algo retorcidos por el efecto de la sal; pero he aquí que los tomates tenían un sabor finísimo, más dulce de lo habitual y empezaron a ser muy codiciados en la comarca y su fama se extendió a la región y de pronto eran los tomates que querían tener en las mesas más elegantes del país y así fue que con trabajo y dedicación nuestro humilde labriego se convirtió en un próspero agricultor.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

El Equipo de Fútbol

Brillante relato de un amigo en Facebook, la verdad es que me ha parecido genial, gracias Javi.

¡¡Éramos de Champions!! (eso decía el entrenador). Al principio nos divertíamos, nos salían las jugadas más arriesgadas y el esquema de juego parecía funcionar a la perfección. Llegamos a pensar que podríamos aspirar a todo, que podríamos codearnos con los grandes equipos de siempre. ¡¡Todo era maravilloso!!. Tiramos el antiguo estadio, recalificamos los terrenos y nos hicimos una inmensa ciudad d ...eportiva. Algún pesimista llegó a decir que aquello era un espejismo, que nuestro equipo no tenía fundamentos suficientes para seguir así por mucho tiempo. ¡¡ Agorero!! Nadie le escuchó, jugábamos bien y ganábamos partidos, qué más podíamos pedir, ¿a quién le importaban los fundamentos?. Las aficiones de los demás equipos incluso nos envidiaban.

Pero, casi de un día para otro, todo empezó a ir mal... Las piernas ya no respondían como antes, el juego empezó a ser más espeso, comenzaron las discusiones entre los jugadores y desde la grada se empezaban a pedir explicaciones al entrenador. Por alguna extraña razón, otros conjuntos de la liga empezaron a tener los mismos problemas, se mascaba la impotencia y el desánimo. Muchos jugadores, ante la imposibilidad de cubrir sus nóminas, fueron apartados de sus respectivos equipos y quién más quien menos empezó a ver cómo sus otrora millonarios emolumentos empezaban a mermarse.

Los equipos grandes, los de toda la vida, alemanes, ingleses, franceses, comenzaron a quejarse. "Esos equipos pequeños y mal organizados nos lastran a los demás, y además tenemos que repartir con ellos los derechos de televisión", decían; "¡¡dividamos la liga en dos!!", bramaban.

En un intento por salvar la competición, la UE (Unión de Equipos) cedió fondos a los que pasaban penurias, a veces en contra del criterio de las aficiones de los equipos más poderosos. No ha servido de mucho. Los equipos de Grecia, Italia, Portugal e Irlanda, ya no cuentan para nada. Su panorama no es muy halagüeño: entrenadores que se van, otros que son destituidos, jugadores en huelga, aficiones enfurecidas, patrocinio a la fuga y desbandada general de jugadores, tanto de los extranjeros que llegaron al albor de los añorados tiempos de gloria, como de los propios nacionales, que marchan al extranjero en busca de mejores oportunidades.

Nuestro equipo, ¡ay, nuestro equipo!. Deambula peligrosamente cerca del abismo. El entrenador, denostado hasta por sus más fervientes partidarios, antes de ser destituido, ha declarado que no sigue, que se va a contar nubes o algo así.

El que antes fuera segundo entrenador es uno de los que se postulan para el puesto. Afirma tener la solución a los problemas del equipo, si bien parte de la grada no termina de entender cómo, si esto es así, no compartió tales ideas con su defenestrado compañero de banquillo.

Parece tener más opciones otro candidato, que, como el anterior, nunca ha asumido el cargo de entrenador, pero sí distintos puestos de relevancia en el organigrama deportivo. Dice que puede devolver el equipo a los puestos de privilegio, pero a buen seguro exigirá sacrificio y paciencia a la desencantada afición. Sus detractores denuncian que entre sus planes estaría la supresión de los descuentos en los abonos que el club ofrece a pensionistas, él lo niega.

En cierta ocasión, el gran Gary Lineker dijo: "el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y en el que siempre gana Alemania". Como la vida misma, Gary, como la vida misma

jueves, 10 de noviembre de 2011

Las Tribus

El incendio hizo que tuvieran que recoger sus cosas a toda prisa en plena noche; tuvieron que abandonar el lugar en el que habían vivido durante tantas generaciones. Consiguieron cargar con buena parte de la cosecha e iniciar un camino incierto; ellos eran tremendamente sedentarios, tan amigos de las rutinas se habían acostumbrado a vivir allí y habían sido muy felices. La tierra les daba sus frutos con algo de esfuerzo sí, pero les regalaba el sustento y el río cercano les permitía añadir algo de pescado a su dieta.

De pronto en el claro de aquel bosque se encontraron con ellos, unos extraños, unos cazadores que habían salido muy de mañana a conseguirse su alimento. Tras unos instantes de desconfianza mutua el ofrecimiento de una torta de trigo hizo que desaparecieran todas las suspicacias y encendieran un fuego. Idearon mil formas de hacerse entender y otros mil juegos en el río cercano, incluso se cocinó el primer guiso de la historia hecho a base de verduras y carne; se prometieron amistad eterna. El día fue avanzando y la tarde la pasaron entre bailes y canciones, aprendiendo unos de otros, a esa hora ya había algunos individuos capaces de hacerse entender en la lenguas de ambas tribus.

Durmieron en las cabañas que habían improvisado, de manera totalmente aleatoria, mezclándose unos con otros, como una sola tribu. Pero con los primeros rayos del sol, cuando empezaron a desperezarse comprobaron que no quedaba ni uno solo de los cazadores entre ellos, su forma de vida les obligaba a no parar.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Los recuerdos

Un buen día se sentó delante de su ordenar y allí estaban encerrados, como su rebeldía; eran los recuerdos de otros tiempos. Tanto había intentado olvidarlos que ahora vivían con él. Todas las mañanas al salir de casa cogía el reloj, las llaves y aquellos recuerdos.

Pero él ya había cambiado y no entendía porque le perseguían, por qué estaban allí una vez más y al ver su reflejo en el monitor se dio cuenta. Seguía siendo el mismo, no había aplicado los conocimientos que se desprendían de aquellas vivencias. Simplemente había hecho una lectura, siempre negativa, de ellos e idealizó un pasado que nunca existió. Dio por reales lo que no habían sido más que planes y se olvidó de la realidad, de aquellas tardes interminables, de la ilusión, de los nervios.

Y fue en ese preciso momento cuando se colocó el pelo y volvió a sonreír y con aquella sonrisa los recuerdos se transformaron como en el cuento de Cenicienta y aprendió tanto en una tarde como en sus tantos años de universidad.

lunes, 6 de junio de 2011

Tarde

Allí estaban, una tarde más en una de esas terrazas de la gran ciudad. Esas que son un remanso de paz en medio de la vorágine del tráfico. Apuraron sus copas y se apresuraron a llegar a la parada del autobús, y allí como siempre se separaron con un beso, prometiendo volver a verse pronto.

Él se alejo sin girar la cabeza, aunque lo estaba deseando, quería que aquella tarde hubiera sido diferente, en realidad con que aquel abrazo hubiera durado un segundo más... En su cabeza se agitaban conversaciones que no fueron, besos que no existieron; tantas fantasías, tantas locuras que sonrío para sí tratando de borrar aquellos pensamientos. Ella era tan especial.

Ella estaba allí viendo como se alejaba, sin mirarla una vez más; lo vio coger el taxi y alejarse. Era tan diferente de todos, y siempre podía recurrir a él, tantas veces le había llorado en el hombro que ya no podía contarlas; notar la fortaleza de su cuerpo en cada abrazo que le daba, la hacía sentir segura y se sorprendió a si misma sonriendo. Él era tan especial.

Esta mañana mientras leía en el periodico el terrible accidente; repasaba cada fotograma de aquellos últimos segundos y hasta notó su olor, sintió el roce de su piel, el calor de su voz; pero nada de aquello era verdad y lo sabía. La única verdad eran aquellos besos furtivos en una noche estival y que nunca volverán.

lunes, 23 de mayo de 2011

Afile su sierra

Cuenta la historia que un día un tipo paseando se encontró con un amigo que estaba cortando árboles y le preguntó qué tal y el otro le dijo: "fatal liadísimo, mira la cantidad de árboles que tengo por cortar y encima la sierra no está afilada" a lo que nuestro amigo contestó:"¿por qué no afilas la sierra?".

-Sí hombre, sí; con la cantidad de trabajo que tengo!!!!!

lunes, 14 de marzo de 2011

Los Detalles

Cuenta la historia que cierta pareja que estaba preparando la boda decidieron darse un fin de semana de descanso. Una vez en el hotel se enteraron de unos cursos de buceo y a ambos les pareció buena idea, total que se apuntaron y esa misma mañana harían la primera inmersión.

El monitor les había explicado todas las señas: la de todo va bien, la de pararse, la de subir lo más rápido posible, … Se colocaron todos los apechusques y fueron lanzándose al mar por orden, con el resto de la clase. Llevaban un buen rato disfrutando de los fondos marinos cuando el monitor vio algo extraño y les hizo la señal para que subieran lo más rápido posible. Ella vio el gesto del monitor, se apoyo en el hombro de él y lo utilizó para impulsarse. Aquella misma tarde cancelaron la boda.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Experimento de los cinco monos

El otro día en el Master se comentó como que debemos plantearnos las líneas de actuación de la compañía, con el objetivo de ir renovandolas y conté este cuentito que me conocía; y me ha gustado rescatarlo, así que aquí lo dejo para vuestra reflexión.

En un experimento se metieron cinco monos en una habitación. En el centro de la misma ubicaron una escalera, y en lo alto, unos plátanos. Cuando uno de los monos ascendía por la escalera para acceder a los plátanos, los experimentadores rociaban al resto de monos con un chorro de agua fría. Al cabo de un tiempo, los monos asimilaron la conexión entre el uso de la escalera y el chorro de agua fría, de modo que cuando uno de ellos se aventuraba a ascender un busca de un plátano, el resto de monos se lo impedían con violencia. Al final, e incluso ante la tentación del alimento, ningún mono se atrevía a subir por la escalera.

En ese momento, los experimentadores extrajeron uno de los cinco monos iniciales e introdujeron uno nuevo en la habitación.

El mono nuevo, naturalmente, trepó por la escalera en busca de los plátanos. En cuanto los demás observaron sus intenciones, se abalanzaron sobre él y lo bajaron a golpes antes de que el chorro de agua fría hiciera su aparición. Después de repetirse la experiencia varias veces, al final el nuevo mono comprendió que era mejor para su integridad renunciar a ascender por la escalera.

Los experimentadores sustituyeron otra vez a uno de los monos del grupo inicial. El primer mono sustituido participó con especial interés en las palizas al nuevo mono trepador.

Posteriormente se repitió el proceso con el tercer, cuarto y quinto mono, hasta que llegó un momento en que todos los monos del experimento inicial habían sido sustituidos.

En ese momento, los experimentadores se encontraron con algo sorprendente. Ninguno de los monos que había en la habitación había recibido nunca el chorro de agua fría. Sin embargo, ninguno se atrevía a trepar para hacerse con los plátanos. Si hubieran podido preguntar a los primates por qué no subían para alcanzar el alimento, probablemente la respuesta hubiera sido esta “No lo sé, aquí las cosas se hacen así”.

miércoles, 6 de octubre de 2010

La Excursion

Definitivamente se sentó en la cubierta a ver como su amigo se hundía, lo había intentado todo le había lanzado cuerdas y salvavidas, pero su amigo no quiso cogerlos. En ese momento recordaba que todas las leyes del mar le impedían saltar y abandonar el barco para salvar a su amigo, algo que habría supuesto que se ahogaran los dos y en este punto no sabía que hacer.

En su mente solo se agolpaban los recuerdos; aquellos días planeando el viaje y viviendolo por adelantado, visualizando cada momento que iban a vivir en el barco. Ese momento en el puerto firmando los papeles del barco y cuando por fin se acercaron al pantalan y se plantaron delante de él, no podía ser más bonito.

Pero aquella maldita ola reducía todos aquellos recuerdos a ceniza; habían visto la tormenta en los partes, pero no le hicieron caso y a pesar de su inexperiencia capearon con mucha dignidad cada uno de los empellones que recibió el barco, pero aquella maldita ola les pilló de improviso y ahora su amigo estaba en el agua y por alguna extraña razón que él no alcanzaba a entender, su amigo no luchuba contra el mar; es como si lo diera todo por perdido y él estaba allí, de mudo espectador.

jueves, 22 de abril de 2010

El Ruiseñor y la Rosa

Siempre me ha encantado este cuento de Oscar Wilde, sobre tantas cosas; que mejor os dejo con él.

“Ha dicho que bailaría conmigo si le llevo rosas rojas”, exclamó desolado el joven estudiante, “pero no hay ni una sola rosa roja en todo mi jardín.”
En la encina, desde su nido, oyole el ruiseñor, y lo miró a través del follaje.
“¡Ni una sola rosa roja en todo mi jardín!”, seguía lamentándose, y sus bellos ojos se llenaron de lágrimas. “¡Ah! ¡De qué cosas tan pequeñas depende la felicidad! Yo he leído todo lo escrito por los sabios, conozco todos los secretos de la filosofía. Y ahora, por la posesión de una rosa roja, siento mi vida destrozada.”
“He aquí, al fin, un verdadero enamorado”, dijo el ruiseñor. “Noche tras noche he cantado sobre él, a pesar de no conocerlo. Noche tras noche he relatado su historia a las estrellas, y ahora lo contemplo. Su cabello es oscuro como la flor del jacinto, y sus labios rojos como la rosa que desea encontrar; pero su ansiedad ha tornado su faz tan pálida como el marfil; y la tristeza le ha dejado su sello en la frente.”

“El Príncipe da un baile mañana en la noche”, murmuró el joven estudiante. “Y mi amada formará parte del cortejo. Si le obsequio con una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré entre mis brazos, y su cabeza descansará sobre mi hombro, y su mano será aprisionada por la mía. Pero no hay ninguna rosa roja en mi jardín; me sentaré solo y ella pasará ante mí, no me hará caso, y sentiré desgarrarse mi corazón.”

“Aquí, sin lugar a dudas, está el perfecto enamorado” ,dijo de nuevo el ruiseñor. “Lo que yo canto, para él es sufrimiento; lo que para mí es alegría, para él es dolor. Ciertamente el amor es algo maravilloso. Es más valioso que las esmeraldas, y más precioso que los finos ópalos. Ni las perlas ni las granadas pueden comprarlo, porque no está a la venta en los mercados. No puede adquirirse de los mercaderes, ni pesarse en una balanza como el oro.”

“Los músicos estarán en su estrado”, decía el estudiante, “tocando sus instrumentos de cuerda, y mi amada bailará al compás del arpa y del violín. Bailará en forma tan sublime, que sus pies no tocarán el suelo, y los cortesanos con sus vistosos trajes formarán un círculo alrededor de ella. Pero no bailará conmigo, porque no tengo una rosa roja para ofrecérsela”; y se dejó caer sobre la hierba, y ocultando su cara entre las manos, lloró.

“¿Por qué llora?”, Preguntó una pequeña lagartija verde, pasando con su cola levantada junto al ruiseñor.
“De veras, ¿por qué?”, Dijo una mariposa que revoloteaba en un rayo de sol.
“Es cierto, ¿por qué?”, Susurró en voz baja y melodiosa, una margarita a su vecina.
“Llora por una rosa roja”, dijo el ruiseñor.
“¿Por una rosa roja?” , Exclamaron todos. “¡Qué tontería!” Y la lagartija, que era algo cínica, se echó a reír.

Pero el ruiseñor conocía el secreto de la pena del estudiante, y permanecía silencioso, posado sobre la encina, reflexionando sobre el misterio del amor.
De pronto, extendiendo sus alas oscuras para volar, remontó el vuelo. Pasó a través de la arboleda como una sombra, y como una sombra cruzó el jardín.
En el centro del parterre se erguía un rosal precioso, y al vislumbrarlo, voló hacia él enseguida.

“Dame una rosa roja”, dijo suplicante, “y te cantaré la más dulce de mis canciones”.
Pero el rosal sacudió su cabeza.
“Mis rosas son blancas” , contestó. “Tan blancas como la espuma del mar, y más blancas que la nieve en la cumbre de las montañas. Pero ve a mi hermano que crece alrededor del reloj de sol, y quizás pueda darte lo que quieres.”
Entonces el ruiseñor voló sobre el rosal que crecía alrededor del reloj de sol.
“Dame una rosa roja”, imploraba, “y te cantaré la más dulce de mis canciones”.
Pero el rosal sacudió su cabeza.

“Mis rosas son amarillas” , respondió. “Tan amarillas como el cabello de la sirena que reposa en un trono de ámbar, y más amarillas que el narciso que florea en los prados, antes de que el segador llegue con su hoz. Pero ve con mi hermano que crece bajo la ventana del estudiante, y quizás pueda darte lo que deseas.”
Entonces el ruiseñor voló sobre el rosal que crecía bajo la ventana del estudiante.
“Dame una rosa roja”, dijo, “y te cantaré la más dulce de mis canciones”.
Pero el rosal sacudió la cabeza.

“Mis rosas son rojas, tan rojas como la pata de la paloma; y más rojas que los hermosos abanicos de coral que se mecen y mecen, en las profundas cavernas del océano. Pero el invierno ha helado mis venas, y la escarcha ha quemado mis capullos, y la tormenta ha quebrado mis ramas, y no tendré rosas en todo el año.”
Y el ruiseñor insistía:
“Una sola rosa roja es lo que necesito. ¡Sólo una rosa roja! ¿No existe algún medio por el cual pueda conseguirla?”
”Hay una forma en que podrías conseguirla”, contestó el rosal. “Pero es tan terrible, que no me atrevo a decírtelo.”
“Dímelo”, dijo el ruiseñor. “No tengo miedo.”
“Si quieres una rosa roja, la tendrás que formar con música a la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu propio corazón. Tendrás que cantarme con tu pecho apoyado contra una espina. Toda la noche deberás cantarme, y la espina rasgará tu corazón, y la vida de tu sangre correrá por mis venas, y será mía.”
“La vida es un precio muy elevado por una rosa roja”, dije el ruiseñor, “y la vida nos es a todos muy querida. Es agradable posarse en los árboles del bosque, contemplar el sol en su carroza de oro, y la luna en su carroza de nácar. Es dulce el aroma del espino blanco, y dulces son las campánulas azules que se ocultan en los valles, y el brezo que se esparce en las colinas. Sin embargo, el amor es mejor que la vida, y... ¿qué es el corazón de un pájaro, comparado con el corazón de un hombre?”

Entonces extendió sus oscuras alas para volar, y se remontó en el aire. Se deslizó sobre el jardín, como una sombra, y como una sombra cruzó el bosque.
El joven estudiante permanecía tendido sobre la hierba en el mismo lugar donde lo había dejado; y las lágrimas no desaparecían aún de sus hermosos ojos.
“¡Alégrate!”, gritó el ruiseñor. “¡Alégrate! ¡Vas a conseguir tu rosa roja! La voy a crear con música, a la luz de la luna, y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Todo lo que pido de ti, en recompensa, es que seas un enamorado perfecto, porque el Amor es más sabio que la Filosofía, aunque ella sea sabia; y más fuerte que la fuerza, aunque ella sea fuerte. Sus alas tienen el color del fuego, y el fuego ilumina su cuerpo. Sus labios son dulces como la miel, y su aliento es como el incienso.

El estudiante mirando hacia arriba escuchó. Pero no pudo entender la confidencia del ruiseñor, pues sólo le era posible comprender las cosas que estaban escritas en los libros.

Pero la encina, dándose cuenta de todo, se sintió triste; porque quería mucho al ruiseñor que había hecho su nido entre sus ramas.
“Cántame una última canción”, murmuró, “me voy a sentir muy solo cuando te vayas”.
Entonces el ruiseñor cantó para la encina, y su canto era fluido como agua cristalina, vertida de un ánfora de plata.

Al terminar su canción, pudo ver que el estudiante se levantaba, sacando al mismo tiempo de su bolsillo, un cuaderno y un lápiz. “El ruiseñor es hermoso”, se decía mientras caminaba por el bosque, “no puede negársele; pero... ¿posee sentimientos? Creo que no. En realidad, es igual a la mayoría de los artistas; todo en él es estilo y forma, sin sinceridad. No se sacrificaría por otros. No piensa más que en la música, y todo mundo sabe que las artes se caracterizan por su egoísmo. No obstante, hay que reconocer que emite algunas notas preciosas en su canto. ¡Qué lástima que no signifiquen nada, o se conviertan en algo bueno y práctico”.
Y entró a su cuarto, y acostándose en un catre desvencijado, y pensando en su amada, después de unos momentos, se había dormido.

Y cuando la luna brilló en el cielo, el ruiseñor voló hacia el rosal apoyando fuertemente su pecho contra la espina. Cantó durante toda la noche con el pecho oprimido sobre la espina; y la luna gélida, como hecha de cristal, se inclinaba hacia la tierra para escucharle. Cantó toda la noche, y la espina iba clavándose más y más honda en su pecho, y la sangre de su vida se escapaba.

Primero cantó al amor naciente en el corazón de un joven y una doncella. Y en la parte más alta del rosal apareció, pétalo tras pétalo, al igual que canción tras canción, una rosa espléndida. Al principio era pálida, como la neblina suspendida sobre el río, imprecisa como los primeros pasos de la mañana, y argentada como las alas de la aurora. Como el reflejo de una rosa en un espejo de plata, como la sombra de una rosa sobre un estanque de agua clara. ¡Así era la rosa que brotó en la rama más alta del rosal!

Pero el rosal le dijo al ruiseñor que apretase con más fuerza su pecho contra la espina.“Oprime más tu pecho contra la espina, ruiseñor”, decía el rosal, “o llegará el día antes de que la rosa esté terminada”.

Entonces el ruiseñor uniendo su pecho con más fuerza a la espina, entonó una melodía cada vez más vibrante; ahora cantaba a la pasión naciente en el seno de un joven y una doncella.

Y un delicado rubor iba cubriendo los pétalos de la rosa, igual al rubor que sube a la cara del novio cuando besa los labios de su desposada. Pero la espina aún no había llegado a su corazón, así que la corola de la rosa permanecía blanca, porque solamente la sangre del corazón de un ruiseñor puede encender el corazón de una rosa.
Y el rosal decía al ruiseñor:
“Aprieta más, pequeño ruiseñor; o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.”
Entonces el ruiseñor apretando con todas sus fuerzas su pequeño pecho contra la espina, hizo que ésta hiriese su corazón, y el cruel espasmo del dolor lo atravesó. Terrible, terrible era el dolor mientras el canto se hacía más y más salvaje porque ahora cantaba al amor perfeccionado por la muerte, al amor que no termina en la tumba.

Y la rosa magnífica se tornó roja, como las rosas de Oriente. Rojos eran los pétalos que la circundaban, y rojo como el rubí era su corazón.
Pero la voz del ruiseñor iba apagándose, y sus alas comenzaron a vibrar, y un velo le cubrió los ojos. Su canto era cada vez más débil, algo estrangulaba su garganta.
Entonces lanzó un último trino musical. La pálida luna al oírlo, olvidándose de la aurora, estuvo vagando por los cielos. La rosa roja al escucharlo se estremeció en éxtasis, desplegando sus pétalos al aire fresco del amanecer. El eco lo fue llevando hasta la caverna oscura de las colinas, y despertó de sus sueños a los pastores. Fue flotando entre los cañaverales del río, y ellos hicieron llegar su mensaje al mar.
“¡Mira, mira!”, gritó el rosal. “Ya está terminada la rosa.” Pero el ruiseñor ya no podía contestar. Estaba muerto sobre la crecida hierba, con una espina clavada en el corazón
.
Y al mediodía el estudiante, abriendo su ventana, miró afuera.
¡Cómo... qué suerte maravillosa!”, exclamó. “¡Hay una rosa roja! ¡Nunca había visto rosa como ésta en toda mi vida! ¡Es tan hermosa que seguramente tiene un nombre latino muy largo!”, e inclinándose la cortó.
Entonces se puso el sombrero y se fue corriendo a casa del profesor, con la rosa en la mano.

La hija del profesor estaba sentada en el umbral de su casa devanando seda azul en la rueca y su perro descansaba a sus pies.
“Me dijiste que bailarías conmigo, si te obsequiaba una rosa roja”, dijo el estudiante. “Aquí tienes la rosa más roja de todo el mundo. La lucirás está noche junto a tu corazón, y mientras bailamos juntos, ella te dirá lo mucho que te amo.”
Pero la muchacha hizo un gesto desdeñoso.
“Temo que no va a hacer juego con mi vestido, y además el sobrino del chambelán me ha obsequiado unas joyas finísimas, y todo el mundo sabe que las joyas valen más que las flores.

“En verdad, eres una ingrata”, dijo furioso el estudiante.Y tiró la rosa al arroyo, y un pesado carromato la deshizo.
“¿Ingrata...? Debo confesarte que me pareces un mal educado. Después de todo; ¿quién eres tú? Nada más que un estudiante. Creo que ni tienes hebillas de plata en tus zapatos, como las tiene el sobrino del chambelán.” Y levantándose de la silla, entró en la casa.
“¡Qué cosa más tonta es el amor!”, dijo el estudiante alejándose. “No tiene la mitad de la utilidad que tiene la Lógica; porque no demuestra nada, siempre nos habla de lo irrealizable y nos hace creer en cosas que no existen. Verdaderamente es un sentimiento impráctico; y como en estos tiempos el ser práctico lo es todo, volveré a la Filosofía, y estudiaré Metafísica.”
Así pues, regresó a su cuarto, y tomando en sus manos un gran libro polvoriento, comenzó a leer.

jueves, 25 de marzo de 2010

El muñeco

Aquel día de Reyes fue inolvidable, llevaba tanto tiempo deseando aquel juguete que ya no me acordaba de cómo era mi vida antes, y al abrir el paquete y ver su caja reluciente me quedé paralizado; por fin era mío, tantos desvelos tantos sueños y allí lo tenía, entre mis manos; nunca olvidaré esa sensación de tocar el cielo con los dedos.

Durante muchos días no me atreví a sacarlo de su caja, era consciente de mis limitaciones y sabía que iba a acabar rompiéndose; los juguetes son así, de romperse cuando uno más los necesita.

Al final superé todos mis miedos y conseguí abrirlo y me pasaba las tardes enteras jugando con él, éramos inseparables. Cuando estaba en el cole solo pensaba en volver a casa y cuando mi madre llamaba a cenar me seguían faltando cinco minutillos más de jugar.

Por fin llegó mi cumpleaños y todos mis amiguitos estaban en casa, lo disfrutamos de lo lindo; la tarta estaba buenísima, no paramos de correr y jugar en toda la tarde; es más cuando se fue el último yo no tenía fuerzas ni para cenar y menos para recoger como me decía mi madre desde la cocina; pero me puse a guardar mis juguetes que estaban desperdigados por el cuarto. Afanado estaba recogiendo cuando de pronto le vi, estaba en un rincón, roto y con sus ojillos de madera mirándome directamente y como diciéndome: “¿por qué no me cuidaste más?”.

Cene poco y me fui a la cama con una sensación bastante confusa, por un lado había disfrutado de mi mejor cumpleaños, pero el coste había sido tan elevado, me había quedado sin mi juguete preferido; lo que había deseado desde hacía tanto tiempo y ya no me iba a acompañar en las largas tardes otoñales.

martes, 16 de marzo de 2010

La rana y el escorpión

Una fábula de Esopo muy al pelo y es que soy tan escorpión.

Un escorpión, que deseaba atravesar el río, le dijo a una rana:
-Llévame a tu espalda, por favor.
-¿Qué te lleve a mi espalda? -contestó la rana- ¡Ni pensarlo! ¡Te conozco! Si te llevo a mi espalda, ¡me picarás y me matarás!
-No seas estúpida- le dijo entonces el escorpión- No ves ¿que si te pico te hundirás en el agua y que yo, como no se nadar, también me ahogaré?

Los dos animales siguieron discutiendo hasta que la rana fue persuadida. Lo cargó sobre su resbaladiza espalda, donde él se agarró y empezaron la travesía. Llegados al medio del gran río, allí donde se crean los remolinos, de repente el escorpión picó a la rana. Ésta sintió que el veneno mortal se extendía por su cuerpo y, mientras se ahogaba, y con ella el escorpión, le gritó:
-¡Ves! ¡te lo había dicho! Pero ¿qué has hecho?
-No puedo evitarlo- contestó el escorpión antes de desaparecer en las aguas- Es mi naturaleza.

lunes, 15 de marzo de 2010

Liberalismo vs Socialdemocracia

Una lección de 50 euros, que leí hace poco y que a todos mis amigos economistas, defensores de la economía de mercado y la no intervención les va a encantar.

Recientemente le pregunté a la hija de un amigo qué le gustaría ser de mayor. Ella respondió que quería ser presidente algún día.

Sus padres, ambos neokeynesianos, estaban presentes, y yo continué preguntando:
"¿Si algún día llegaras a ser presidente, qué sería lo primero que harías?"

Ella respondió sin vacilar:
"Daría alimentos y viviendas a los pobres."

Sus padres, orgullosos, con una radiante sonrisa, la animaban:
"¡Bravo, que propósito más loable!"

Le dije:
"Para eso no tienes que esperar a ser presidente. Puedes venir a mi casa y cortar el césped, sacar las malas hierbas y abonar el jardín. Te pagaré 50 euros por el trabajo, luego te llevaré al supermercado de mi barrio donde siempre hay un mendigo, y puedes darle el billete para que se compre comida y empiece a ahorrar para la casa."

La chica pensó durante unos segundos, luego mirándome fijamente a los ojos me preguntó:
"¿Y por qué no va el vagabundo a hacer el trabajo, y le pagas directamente a él? "

"Bienvenida al liberalismo" Le contesté.

...Los padres aún no me hablan.

miércoles, 10 de febrero de 2010

De repente

Él echaba de menos el verano, aquellos besos que sabían a sandía, los paseos por la playa y el arroz, que como en el Mediterráneo en ningún sitio; pero todo eso se había acabado, le habían destinado a Bruselas su vida profesional había pegado un salto estratosférico y ahora se había convertido en un mandamás, en un jefe de esos que salen en las pelis; pero el sol ya no iluminaba su vida.

Ahora tenía todo lo que había deseado en la vida; poder, dinero, admiración,… pero ya no sentía la hierba fresca del amanecer bajo sus pies descalzos, el cielo siempre era gris y en los bares ya no quedaban amigos.

Salía de casa cuando aún era de noche y se pasaba el día encerrado en el despacho que daba a un patio interior, aquella sensación claustrofóbica se acrecentaba cuando salía para volver a casa y era otra vez de noche, llegó a pensar que en Centroeuropa siempre es de noche y casi siempre llueve; aunque en realidad no llovía, era su corazón que se iba apagando por momentos y no paraba de llorar.

Mantenía cierto contacto con el mundo exterior a través de una de esas redes sociales tan de moda en estos días, pero su interés por esos temas mundanos se fue diluyendo poco a poco y ya no encontraba ninguna satisfacción más allá de conseguir cuadrar un presupuesto o que el ministro de algún país miembro le felicitara.

Él que había llenado de colores la vida de otros, se había desgastado por completo y se había convertido en eso que tantas veces había criticado, rodeado de risas. Era un tipo gris, que vivía para trabajar y no al revés; era todo de lo que él se había reído tantas veces y todo por qué: realmente era mejor ahora que cuando ordenaba albaranes en la vieja oficina; bueno tenía un coche mejor, pero hasta eso lo ponía en duda.

Un buen día, como en toda persona tranquila de repente, decidió acabar con todo y ahora podéis verle por los parques de Madrid acarreando una vieja bicicleta que le parece mucho mejor que aquel coche.

lunes, 14 de diciembre de 2009

El gesto de la Muerte

Es un cuento de Las Mil y Una Noches, que revisó Cocteau; que siempre me hizo pensar y que ayer después de ver la peli La Casa del Lago me vino a la cabeza. Ahí os lo dejo.

Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto.

Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader.

—Amo —le dijo—, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán.

—Pero ¿por qué quieres huir?

—Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza.

El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo y el criado partió con la esperanza de estar por la noche en Ispahán.

Por la tarde, el propio mercader fue al mercado, y, como le había sucedido antes al criado, también él vio a la Muerte.

—Muerte —le dijo acercándose a ella—, ¿por qué le has hecho un gesto de amenaza a mi criado?

—¿Un gesto de amenaza? —contestó la Muerte—. No, no ha sido un gesto de amenaza, sino de asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Ispahán, porque esta noche debo llevarme en Ispahán a tu criado.

martes, 24 de noviembre de 2009

Lo correcto

Estaba tratando de convencerme de que era lo que debía hacer, pero si era tan correcto porque me sentía tan mal; había hecho lo correcto, para lo que me habían educado, pero cuando la policía se llevo a Mijail sentí una presión en el pecho como nunca antes.

Me quedé sentado en la cocina mirando a través de la ventana el Lada que el Partido me había entregado por mi nuevo cargo, pero se habían llevado a Mijail; cogí distraídamente unas ciruelas mientras iba a ponerme el traje para dirigirme a mi nuevo despacho en el Polit Buró, tratando de recordándome a mí mismo todos los desvíos capitalistas de Mijail, pero solo conseguía recordar cuando jugábamos juntos en la Plaza de los Teatros y todas las aventuras que corrimos en aquel jardín.

Gracias a mis influencias conseguí saber el Gulag en el que estaba el otrora amigo de la infancia, le dejé mil mensajes pero no respondió a ninguno y la zozobra se convirtió en una compañera más en mi vida, me centré en mi trabajo y en el servicio al Partido.

Hoy hace casi veinte años de aquello y un tocayo de mi amigo nos habla de la Glasnost y le da la vuelta a una vida guiada por los principios aprendidos en la niñez y de repente la Revolución no tenía sentido y entonces ¿tenía sentido mi vida?

Y ese día de repente la acción que había marcado mi vida dejaba de tener sentido, ese día de repente ya no era lo correcto y todo mi orden de valores se desmoronaba, toda una vida dedicada a tratar de convencerme de que debía hacer lo correcto y sobre todo que un día tomé la decisión que el Partido y la Revolución esperaban de mí y de un plumazo, un tipo al que ni conocía, lo barrió y convirtió aquella acción en algo despreciable, una conclusión que llevaba negándome tantos años.

Estaba claro que no podía hacer otra cosa que coger mi pistola reglamentaria y…